| Conventos MASCULINOS en la Nueva España |
| Mucho se ha hablado de la vida conventual femenina en la Nueva España, pero ¿Cómo se desarrollaba la vida de los varones en los conventos masculinos? En la antigua ciudad de México existían doce órdenes religiosas masculinas de muy diferente procedencia y espiritualidad; franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, mercedarios, jesuitas, filipenses, juaninos, antoninos, hipólitos y betlemitas se hacían cargo de las diferentes instituciones religiosas y de salud que existían en la ciudad.
![]() Todos los aspectos de la vida cotidiana de una comunidad religiosa como; horas de comida y rezos, forma y color del hábito, elección de las autoridades y administración de la economía conventual entre otros muchos aspectos, se encontraban reglamentados con gran minuciosidad en las constituciones de cada orden.Mucho se ha hablado de la vida conventual femenina en la Nueva España, pero ¿Cómo se desarrollaba la vida de los varones en los conventos masculinos? En la antigua ciudad de México existían doce órdenes religiosas masculinas de muy diferente procedencia y espiritualidad; franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, mercedarios, jesuitas, filipenses, juaninos, antoninos, hipólitos y betlemitas se hacían cargo de las diferentes instituciones religiosas y de salud que existían en la ciudad. Todos los aspectos de la vida cotidiana de una comunidad religiosa como; horas de comida y rezos, forma y color del hábito, elección de las autoridades y administración de la economía conventual entre otros muchos aspectos, se encontraban reglamentados con gran minuciosidad en las constituciones de cada orden. A través de ellas se regulaba su funcionamiento interno y el control de sus miembros desde el momento mismo de su ingreso. El primer ámbito que pisaba un joven que pretendía pertenecer a cualquier comunidad religiosa era el noviciado, al que se ingresaba, comúnmente, entre los trece y los quince años. A partir de su ingreso el postulante vivía durante un año a prueba. En ese periodo era instruido en la espiritualidad de la orden y en la práctica de las obligaciones conventuales.El ingreso al noviciado no requería más que la manifestación de la voluntad, sin la necesidad de hacer ningún pago y sin otros requerimientos que los de tener pleno uso de las facultades físicas y mentales y el de ser hijo de matrimonio legitimo. Una vez transcurrido el año de noviciado, el postulante era aceptado como fraile, es decir como hermano de la comunidad. En la ceremonia, realizada en la iglesia conventual, se le tonsuraba rasurando un pequeño círculo de cabello en la coronilla y se imponía un hábito de paño del color que distinguía a su orden. Acto seguido el postulante pronunciaba los votos de pobreza, castidad y obediencia que establecían todas las reglas conventuales. Por el voto de pobreza, el recién ingresado prometía no poseer bienes propios, ni portar adornos de oro o de plata, ni llevar vestidos lujosos; por el de castidad, no tener relaciones carnales; por el de obediencia, reducir su voluntad a las ordenes de sus superiores. Sin embargo, estos votos no se cumplían siempre al pie de la letra. Una vez hecha su profesión solemne, el fraile podía seguir dos caminos. Los menos, quedaban como hermanos legos para servir en labores manuales, pues por su condición social no podían aspirar a otro esta estatus. La mayoría, en cambio, realizaba sus estudios de gramática latina, filosofía y teología para llegar a su consagración sacerdotal. Por ello, una sección importante del área habitacional de los grandes conventos urbanos estaba ocupada por los salones de clase de la casa de estudios y por la biblioteca, que en muchos casos, llegaba a contener miles de obras. Junto con sus clases, los jóvenes frailes debían asistir a las horas conventuales en el coro, razón por la que también se les denominaba coristas. Ocupaban además un lugar especial en el refectorio y dormían juntos en celdas comunales. Al igual que los novicios, los coristas eran encargados a dos maestros “lectores” quienes escogían a uno de los estudiantes mas virtuosos para que vigilaran el estudio, el sueño y el rezo de sus compañeros. Al paso del tiempo, el joven corista iba recibiendo las órdenes menores (hostiario, lector, exorcista y acólito) y las mayores (subdiácono, diácono y presbítero). Cuando, después de seis años, el estudiante terminaba sus estudios, era presentado ante el arzobispo para recibir la ordenación sacerdotal. Entonces el fraile pasaba a otra situación jurídica, con nuevas obligaciones, pero también con muchos derechos. La vida de un fraile sacerdote estaba regulada en cada una de las horas del día. Junto a la oración y a las comidas comunitarias y cotidianas, los frailes tenían como obligación semanal el asistir al capítulo de culpis. En él, cada uno debía confesar ante sus hermanos de hábito las faltas cometidas en la semana y someterse al castigo que el prior del convento les impusiese. En varias de las órdenes, donde los estudios constituían una de las más importantes actividades, los primeros honores eran conferidos a los docentes de las casas de estudios. Entre ellos, sin embargo, existía una rigurosa jerarquía de escalafones que reflejaba la preocupación social por las preeminencias. Toda la actividad conventual convergía en los claustros, espacio central para la vida cotidiana donde los frailes entraban en contacto con los laicos. Un gran convento urbano tenía porlo menos dos claustros, al igual que las casas palaciegas. Uno de ellos, el mas suntuoso, daba acceso a las áreas de la vida comunitaria de los religiosos, el otro a las de servicio. En los grandes claustros mayores era común ver a numerosos hombres laicos de todos los grupos sociales que llegaban al convento a tratar los más diversos asuntos: indígenas cargando bultos; mestizos llevando abastos, muebles y mercancías; sirvientes mulatos, filipinos y negros arribaban con recados de sus amos y amas; comerciantes, burócratas y hacendados españoles que acudían a arreglar negocios o a solicitar favores. Las únicas personas que tenían prohibida la entrada a los conventos, por razones obvias, eran las mujeres. Aunque el silencio en los claustros estaba prescrito por las constituciones, al igual que en el refectorio, los dormitorios y el coro, el bullicio debió ser una de las características más notables. Exceptuando, quizá, el periodo cuaresmal, en el que, para estimular la meditación, los claustros eran utilizados para las silenciosas procesiones que seguían el camino de las pinturas murales y las estaciones del Via Crucis; el resto del año podían ser escenario de banquetes e incluso de representaciones teatrales. Tampoco fueron raros en las celdas los juegos de naipes y las tertulias, con asistencia de laicos y donde circulaban a discreción chocolate y bebidas alcohólicas. Junto al claustro mayor se encontraba, regularmente, uno más pequeño, alrededor del cual ser distribuían; la cocina, la panadería, la despensa, la cava, las habitaciones de la servidumbre y las caballerizas. En grandes conventos como Santo Domingo y San Francisco estos claustros se comunicaban con las huertas y jardines conventuales. Numerosos sirvientes y algunos esclavos se encargaban de las arduas labores de estas dependencias, a veces ayudados por dos o tres hermanos “donados”, que habían sido regalados al convento por sus padres desde la niñez, y bajo las ordenes de varios frailes legos. En los grandes conventos mendicantes de la ciudad de México llegaron a habitar hasta doscientas personas entre sirvientes, coristas, novicios y sacerdotes. |




Todos los aspectos de la vida cotidiana de una comunidad religiosa como; horas de comida y rezos, forma y color del hábito, elección de las autoridades y administración de la economía conventual entre otros muchos aspectos, se encontraban reglamentados con gran minuciosidad en las constituciones de cada orden.
A través de ellas se regulaba su funcionamiento interno y el control de sus miembros desde el momento mismo de su ingreso. El primer ámbito que pisaba un joven que pretendía pertenecer a cualquier comunidad religiosa era el noviciado, al que se ingresaba, comúnmente, entre los trece y los quince años. A partir de su ingreso el postulante vivía durante un año a prueba. En ese periodo era instruido en la espiritualidad de la orden y en la práctica de las obligaciones conventuales.