La genealogía de esa formidable familia de pintores que son los Juárez permite describir la tradición barroca de México. Sin duda, aquí nos encontramos con algo más que maestros, oficiales y aprendices. Todo comienza con el patriarca de la saga, Luis Juárez, discípulo de Baltasar Echave Orio y ejemplo del tránsito que se produce entre el manierismo y el barroco.
Al contraer matrimonio José, hijo de Luis Juárez, con Isabel de Contreras, se prolonga una estirpe que ha de continuar en la hija de ambos, Antonia Juárez, y en su esposo, el pintor Antonio Rodríguez, padres a su vez de dos nuevos artistas que se suman al cortejo familiar, Nicolás y su hermano Juan, ocho años menor.
¿Para qué seguir? Bastaría este catálogo de nombres, acaso el más arraigado de cuantos perseveran en el barroco novohispano, para calificar a Juan Rodríguez Juárez (1675-1728) como pintor de raza, con óleo en su ADN.
Rodríguez Juárez es un artista soberbio, magistral, pero su arte debe entenderse en el contexto de esa familia de talentos.
De hecho, aunque van más allá, las obras de Juan Rodríguez Juárez se ajustan al molde establecido por su progenitor y maestro. Descontado el lógico aprendizaje en el taller paterno, conviene destacar la influencia de otros maestros españoles en su carácter.
Leemos a Meade de Angulo y Armella de Aspe que «en 1701 [Rodríguez Juárez] pintó, para las solemnes fiestas por la canonización de San Juan de Dios, la efigie de este santo, de cuerpo entero, en un paisaje; obra original y magnífica, que tiene reminiscencias de Zurbarán».
Indudablemente, en un espíritu cultivado como el del maestro Juan debió de causar honda impresión el estilo zurbaranesco, introducido en el virreinato por otro artista excepcional, Sebastián López de Arteaga, y luego divulgado por José Juárez.
Ahí radica, además, el gusto del joven pintor: en Zurbarán halla veracidad y lirismo, además de una profunda preocupación religiosa y, en lo que se refiere a la técnica pictórica, ese claroscuro que el español hereda de la rutina caravaggiesca.
Siguiendo desde tierra mexicana este camino, Juan Rodríguez Juárez traduce en su obra la sensibilidad barroca; enlaza con ese estilo y participa en su etapa de mayor dinamismo y grandiosidad.
Dentro de este marco, el siguiente ejemplo de su producción ha de ocupar un puesto de primer orden: los óleos de la Adoración de los Reyes y de la Asunción de la Virgen, que realiza en 1726 por encargo eclesiástico, y que han de ubicarse en el retablo de los Reyes de la catedral metropolitana.
A ello hay que sumar las pinturas de los dos colaterales de esta capilla y su dibujo para la reja del coro catedralicio, que se elabora en Macao. Ni que decir tiene que el conjunto, muy suntuoso, confirma las líneas estilísticas del barroco.
No obstante, y a modo de digresión que no afecta al artista, vale la pena mencionar la queja del escritor José Joaquín Fernández de Lizardi, incómodo con la ostentosidad del retablo. Cuestión de gusto, en cualquier caso, pero que refleja las ambiciones del interior y el ornato de la catedral de México, indiscutible maravilla de la arquitectura colonial.
En todo caso, la mención del estilo zurbaranesco no sirve para toda la obra de este Rodríguez Juárez. Dice Manuel Toussaint que «nota [Bernardo] Couto en este artista la división en dos estilos, el severo que corresponde al siglo XVII y el nuevo, de color brillante y suave factura que ya indica el siguiente siglo y así pretende que sea el jefe de la nueva escuela. [...] En un punto tiene razón el crítico y es en calificar al artista como corifeo del murillismo en México. Sea por obras del insigne sevillano o de sus secuaces, que hayan sido enviadas a México [...] el arte plástico se torna en arte suave, de tonos azulosos, de ambientes grises y rompimientos ocres, que acaba por degenerar en un todo.»
Es muy significativo que Rodríguez Juárez, autor devoto de Santa Ana educando a la Virgen (1720), cultive con tal habilidad géneros profanos como las castas, las escenas populares y, por supuesto, el retrato.
A partir de fines del siglo XVII, los retratistas novohispanos se han visto beneficiados por una creciente demanda profesional, pues a virreyes y eclesiásticos, sus ordinarios clientes y modelos, se suman las familias nobles y también las adineradas, los universitarios y los miembros de las órdenes religiosas.
Así, junto a otros síntomas de ascenso social, el retrato deja constancia del estatus del retratado, y no faltan quienes lo solicitan para probar su pertenencia a los sectores de mayor rango económico.
De entre los lienzos de esta clase que han llegado hasta nosotros, un par nos sirve para hacer hincapié en la maestría de Rodríguez Juárez en semejante disciplina: los retratos del arzobispo Lanciego, pintado en torno a 1714, y el del virrey Fernando de Alencastre, duque de Linares, cuya fecha aproximada es 1717.
Tres años más tarde, cuando su prestigio es más alto, el pintor completa un magnífico Autorretrato que da vida y apoyo a su fama, prolongada hasta nuestros días.
