martes, 23 de agosto de 2011

CONVENTO DE SANTA INES HOY MUSEO JOSE LUIS CUEVAS

Acercarnos a la sociedad novohispana implica tratar de comprender una cosmovisión donde la devoción religiosa se entretejía con cada aspecto de la vida cotidiana.

En el caso de la vida femenina, abrazar los votos perpetuos dentro de un monasterio era la alegría más alta a la que aspiraban muchas mujeres y la única solución posible para otras. Imponentes testigos de ello son los conventos de monjas del Centro Histórico en los que se atesoran jirones de tiempo y murmullos del pasado que acompañan al visitante en su recorrido por la historia mexicana.
La fundación del Convento de Santa Inés se inspira en esta forma de percibir el mundo. Durante los años virreinales se forjó en la Nueva España la costumbre de participar en la vida religiosa ingresando a algún miembro de la familia al clero o bien aportando donaciones a las congregaciones necesitadas, siempre con la esperanza de obtener el favor divino.
A pesar de no tener hijos, el matrimonio formado por doña Inés de Velasco y Diego de Caballero fundó el Convento de Santa Inés, iniciando así su devenir, en una historia que ha trascendido hasta nuestros días.
Doña Inés de Velasco y Diego de Caballero poseían importantes negocios en la Nueva España, ya que eran dueños del ingenio azucarero más importante del virreinato, que se ubicaba en Amilpas cerca de Cuautla. Por su parte, el padre de Inés, Bernardino del Castillo, estuvo al servicio de Hernán Cortés como mayordomo, en la conquista del mar del Sur y en las expediciones a California, hecho que le valió los títulos de alcalde ordinario en 1558 y de la Mesta un año después. De igual forma fue premiado con ricas tierras, incluyendo un importante solar en la Ciudad de México que heredó a su hija.


La unión de ambas fortunas fructificó en limosnas para la iglesia de San Francisco y en la fundación de un monasterio novohispano que albergara a jóvenes sin recursos que desearan ingresar al convento y dedicar su vida a la oración. En aquel tiempo existían ya 10 fundaciones en la Ciudad de México pero eran insuficientes y no cualquier familia podía aspirar a ellas. Santa Inés nacería totalmente de la iniciativa privada, con la autorización eclesiástica correspondiente; no se cobraría dote y, según el testamento de doña Inés, sus bienes servirían para cubrir por completo los gastos de sus habitantes.
Solicitados los permisos, el Papa Clemente VIII concedió la Bula aprobatoria el 1º de febrero de 1595. Así Santa Inés sería el último convento erigido en el siglo XVI. La Bula esclarecía que el monasterio se dedicaría a Santa Inés y Santiago, que estaría conformado por treinta y tres monjas, aludiendo a los años de Cristo, y que la abadesa se elegiría cada tres años acorde con el Concilio Tridentino. Pero a pesar de ello hubo una suerte de obstáculos que impidieron su consolidación hasta varios años después.
La muerte de doña Inés aceleró el proceso para terminar la edificación de la Iglesia. El 8 de diciembre de 1599 se celebró la primera misa. La lectura del testamento de Inés fue hecha un día después de su deceso, el 10 de diciembre. Así, don Diego decidió administrar el patronato de Santa Inés de manera hereditaria con la intención de asegurar su cuidado a lo largo de los siglos. Depositó el cuerpo de su esposa en la iglesia de Santa Inés y se dedicó a culminar los trámites necesarios para fundar el convento.


1600 fue el año en que se aprobó la licencia para la institución del convento de Santa Inés en la Plaza del Amor de Dios. Se pidieron hermanas para la fundación al convento de La Concepción. La historiadora Josefina Muriel, consignó que fueron tres monjas profesas: Catalina de Santa Inés, María de San Juan, Inés de San Nicolás y una novicia de la cual se desconoce nombre, quienes ingresaron en primer lugar. Con este acto, se pactó hermandad entre los dos conventos y comunicación espiritual entre sus religiosas.
Las inesianas tomaron el hábito de La Concepción y la regla del convento exigía la oración como su voto más importante. Según la voluntad de los fundadores, las jóvenes que ingresaban debían ser doncellas pobres, sin dote y españolas huérfanas, junto con ello ofrecerían una hora diaria de oración por las almas de Doña Inés de Velasco y Diego Caballero. El tan esperado día llegó y el 17 de septiembre de 1600 se fundó el convento de Santa Inés y Santiago en la Ciudad de México.
El Convento que apreciamos hoy día ha sufrido percances y numerosas restauraciones. Su factura inicial se debe al famoso arquitecto Alonso Martínez López quien realizó trabajos en la Catedral de Puebla y se encargó también de la Iglesia de Santa Inés. Esta última albergaba un altar dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe y en ella se veneraba a las vírgenes de Loreto y del Socorro.
Se dice que hubo una época en la cual Santa Inés era famoso por su producción de velas que eran bendecidas el día del Señor San José. La comunidad contaba con valiosas reliquias de Santa Francisca Romana, de Santa Victoria mártir y, felizmente, de la propia Santa Inés. Siguiendo la investigación de Josefina Muriel encontramos que la iglesia albergaba dos importantes cofradías: la del Santo Nombre de Jesús y la de Nuestra Señora de la Luz.


A pesar de tener tantos dones, el edificio sufrió el terrible embate de la devastadora inundación de 1629 que aquejó a la ciudad. Posteriormente, un incendio en 1693 lo deterioró aún más. La reparación fue parcial pero incluyó la ornamentación con lienzos del pincel de José de Ibarra y, para el siglo XVII Santa Inés contaba con una hermosa iglesia y con tres claustros de dos pisos cada uno, que incluían la biblioteca.
Santa Inés jugó un importante papel en el pulso de la vida cotidiana de la Nueva España. Dos de los pintores más importantes del arte virreinal descansaron en su templo: José de Ibarra en 1751 y Miguel Cabrera en 1763.

Sin embargo el deterioro del inmueble continuó y no fue sino hasta el siglo XIX que se reanudaron las mejoras bajo la dirección de Manuel Tolsá, quien en aquellos años gozaba del título de Arquitecto del Convento de Santa Inés y sus fincas urbanas. Los fondos utilizados para sufragar la obra se consiguieron gracias al esfuerzo que sus habitantes realizaron al vender billetes de lotería y hacer rifas para recaudar fondos.


Años después, con la exclaustración, las 17 monjas de Santa Inés abandonaron el convento en febrero de 1861. Reubicadas con las hermanas de Santa Catalina, debieron convivir en tiempos del Emperador Maximiliano de Habsburgo con los soldados franceses que se apostaban en el predio. Posteriormente, el peregrinar continuó en San Jerónimo y finalmente en Regina, donde pudieron reagruparse a finales del siglo.
La historia del edificio cuenta que la torre de la iglesia fue demolida. Se conoce de su existencia por algunas noticias en actas, por documentos administrativos en los que se menciona y por una fotografía antigua que la muestra parcialmente.
Lamentablemente, Santa Inés fue saqueado tras la exclaustración y vendido en lotes, por lo que se convirtió en vecindad e incluso, el claustro principal, alojó un almacén de telas mientras que la iglesia fue convertida en bodega hasta la primera mitad del siglo XX.
A partir de 1988 se iniciaron los últimos trabajos de rescate del edificio y fue declarado monumento histórico de la Ciudad de México. En la actualidad los muros del convento contienen el Museo José Luis Cuevas, inaugurado el 8 de julio de 1992. La fuente que remataba el conjunto del claustro virreinal ha sido sustituida por la giganta. Las aguas que brotaban armoniosamente entre los bloques de cantera, descansan ahora en el espejo de agua que rodea al monumental bronce que sugiere la dualidad femenino-masculino y que fue concebida, ex profeso por José Luis Cuevas, para Santa Inés.
Hoy, todavía podemos observar las dos hermosas puertas talladas de Santa Inés, que nos sugieren, con su barroco dinamismo y delicado obraje, la vitalidad de la sociedad que nos antecede y que protegen una historia de casi quinientos años.